Acaba de salir a la venta su primer libro de poemas: “Ahora que la vida”. ¿Es usted un poeta que se hizo cantautor, o un cantautor que se hizo poeta?

No sabría decirte. Yo creo que el cantautor lo que intenta es darle un vuelo poético a las canciones. Se parapeta detrás de la guitarra para encontrar esa poesía en lo cotidiano que no siempre somos capaces de ver. El ejercicio es el mismo para cantar una canción o para escribir un poema. Me gustaría pensar que todo cantautor es un poeta.

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¿Se siente Ismael Serrano más joven que nunca para esto de la música?

El tiempo pasa y está muy bien que sea así. En todo este tiempo uno ha aprendido cosas, y menos mal. Con el tiempo va despareciendo esa arrogancia propia de la juventud y uno se da cuenta de que todavía se tiene que aprender muchas cosas. Uno se va despojando de una cierta solemnidad que le permite ser más natural a la hora de componer.

El paso de tiempo a mí me da mucho vértigo, y compongo para combatir la fugacidad, pero creo que es saludable. De cuando en cuando uno es capaz de ser permeable y de aprender. Me siento joven en el sentido de apasionado, pero el tiempo ha pasado y eso se nota.

-Su figura emergió entre los cafés, la música en directo y la reivindicación… ¿creía entonces que llegaría a obtener el reconocimiento que atesora hoy?

La verdad es que es algo incierto. Uno nunca sabe lo que va a ocurrir. La vigencia en esto de la música es lo más difícil. Se vive en la precariedad constante en ese sentido, y uno no sabe lo que va a pasar. Soy un privilegiado porque tengo la oportunidad de vivir de algo que me apasiona. Soy consciente de lo difícil que es, y siempre lo he sido.

El paso de tiempo a mí me da mucho vértigo, y compongo para combatir la fugacidad

Poco más de un año hace que salió su último disco, tiempo que le ha servido para ser número uno de ventas en España. ¿Siente que la gente ha respondido a su llamada?

Sí, yo creo que sí. De alguna manera el público que hasta ahora venía apoyando mi carrera se ha sentido identificado con ese disco. Es un trabajo con vocación de convocatoria y celebración, y la gente ha sabido entender la apuesta que tenía ese disco. En ese sentido me siento acompañado.

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-En “La llamada”, además, mezcla muchos estilos de música. ¿Es la gente consciente de la gran variedad de cultura musical que existe?

No lo sé. A veces lo que sucede es que recibimos tal caudal de información que nos pasa por encima y no somos capaces de interiorizarla. Internet nos ha hecho capaces de acceder a mucha información, pero no sé hasta qué punto somos capaces de analizarla con la calma necesaria. Todo es fugaz. Usado como efecto de consumo, de usar y tirar, por lo que estamos perdiendo capacidad de análisis crítico. Ocurre que toda esa información es cada vez más homogénea, menos plural. Se impone una estética musical de escapismo y se rehuye de la reflexión y de la conciencia social. No sé hasta qué punto somos capaces de entender que esa diversidad es algo positivo y debe ser buscada.

-Sus canciones, ante todo, son un canto al amor y también a la lucha por las desigualdades sociales. ¿Cómo siente que ha evolucionado su forma de ver el mundo a lo largo de los nueve discos de estudio que ha grabado?

He aprendido musicalmente unas cuantas cosas y me he vuelto más permeable en lo musical. Me he desecho de prejuicios, y en este disco he querido tomar un carácter de celebración, porque a veces uno se instala en el lamento, y a pesar de que siempre he tratado de abrir ventanas a la esperanza en cada canción, a veces uno se pone excesivamente solemne e intenso. He ganado en grados de libertad, perdiendo prejuicios y aprendiendo cosas de forma natural No hay un disco rupturista en toda mi carrera. Se trata de una evolución absolutamente tranquila.

A pesar de que siempre he tratado de abrir ventanas a la esperanza en cada canción, a veces uno se pone excesivamente solemne e intenso.

-En su canción más conocida, “Papá cuéntame otra vez”, habla de que “ya nadie canta Al vent”. Raimon actuó el pasado 13 de noviembre en Xàtiva, su ciudad natal, donde ha sido nombrado hijo predilecto. ¿Cree que la sociedad está cambiando?

Creo que sí. La ciudadanía en estos tiempos de efervescencia política se está mirando a sí misma como hacía tiempo que no ocurría. Está asumiendo la iniciativa. Sobre todo la gente más joven, que participa del debate de las ideas cuando hasta ahora le había dado la espalda. Es una oportunidad de recuperar ese protagonismo, de cambiar las cosas y de avanzar en el proceso democrático perfeccionando esa democracia y siendo exigentes. Si bien a veces da la sensación de no cambiar nada, en la gente joven hay nuevos liderazgos, nuevos partidos y un sentimiento de estar alerta con respecto a lo que ocurre.

-¿En qué se asemeja a la sociedad que quería cambiar cuando empezó con su guitarra?

Hay una cierta atomización e individualismo en la sociedad que hace difícil tener una conciencia social que nos ayude a entender que no estamos solos en el cuestionamiento de la realidad. Hay un desafecto hacia la clase política tradicional que sigue existiendo, y a veces hay una impermeabilización hacia ciertos mensajes y lo que ocurre a nuestro alrededor, por lo que da la sensación de que hay cosas que no cambian.

Lo que aún no ha cambiado es un cierto déficit democrático en el sentido de que las decisiones no se toman en respuesta al interés general, sino en función de intereses particulares muy concretos, como si la soberanía se le hubiera arrebatado a la ciudadanía en detrimento de los intereses corporativos y de las oligarquías. Eso aún no ha cambiado, pero está en proceso.

-Siguiendo con “Papá cuéntame otra vez”, estos días no “queda lejos Saint-Dennis”, por culpa de los atentados acaecidos hace unas semanas. ¿Qué está pasando en el mundo?

Sigue esa barbarie asaltándonos cada día en el periódico matinal. Está pasando que la comunidad internacional es incapaz de dar una respuesta clara a los conflictos entre los pueblos. Ocurre que, como dijo Ghandi, “ojo por ojo el mundo quedará ciego”. Se responde a la violencia con más violencia y se entra en una espiral absurda y terrible. El fanatismo religioso ha sido utilizado como instrumento político cuando ha convenido y a veces se les ha ido de las manos. Son viejos errores repetidos.

Cuando veo lo que ha ocurrido en París pienso mi hija, en el futuro que les estamos otorgando a los pequeños. Una locura de presente.

Sigue esa barbarie asaltándonos cada día en el periódico matinal.

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Antes morían en Vietnam y Bosnia… ahora lo hacen en Siria. ¿Sirven canciones, como las suyas, para abrir los ojos de la gente?

Cuanto menos para entender que no se está solo en el cuestionamiento de la realidad. Para sentirse acompañado. Es terriblemente útil porque te ayuda a recuperar el sentimiento de que se puede influir en la realidad. Uno  de los mensajes que nos intentan imponer es que poco podemos hacer para cambiar la realidad, como si el futuro no dependiera de nosotros, pero la música te ayuda a recuperar esa conciencia, porque componer para remover conciencias es demasiado ambicioso. Fundamentalmente lo que se busca es generar espacios de encuentro.

-Es por todos conocida la admiración en España, y también en Latinoamérica por Ismael Serrano. ¿Sirve su obra de puente para unir estas dos culturas semejantes pero separadas por el océano atlántico?

España es fundamentalmente latinoamericana. Son muchas las cosas que tenemos en común. Compartimos el idioma, pero también una forma de entender la vida, la cultura el ocio, y hasta la misma forma de reír o llorar. La historia nos une, y una de las cosas que ha hecho la crisis es situarnos en el marco latinoamericano.

En lo personal me siento profundamente latinoamericano, ya que gran parte de mis referencias están allí. Musicalmente he crecido escuchando a Silvio o a Víctor Jara. En referencias ideológicas me siento identificado en la lucha por los derechos humanos y contra las dictaduras. Referencias literarias, ya que la poesía la conocí de la mano de Mario Benedetti o Pablo Neruda… Es inevitable que exista ese vínculo, aunque a veces miremos con cierto paternalismo lo que ocurre allí. Lo que no nos permite aprender de esa realidad. Uno se siente de este lado y del otro.

Musicalmente he crecido escuchando a Silvio o a Víctor Jara.

-Es activo en redes sociales, y hace partícipe a la gente en alguno de sus videoclips, como es el caso de “La llamada”. ¿Qué creen que aportan al mundo de la música?

Esa conexión inmediata y sin intermediarios con la gente, que nos permite una comunicación fluida, de forma permanente. Esa urgencia de estar informados. Pero por otro lado, la paradoja es que a veces nos genera ruido, porque no somos capaces de profundizar en esa información y se genera una fantasía de participación que no siempre es real. Muchas veces proyectamos una personalidad diferente.

A veces se encapsula tanto el mensaje que puede tender a encapsular los sentimientos, y se pierde el matiz. Y la poesía está en ese matiz. Si la perdemos nos volvemos más superficiales. Surfeamos sobre la información pero no somos capaces de sumergirnos en ella para quedarnos con lo que realmente nos interesa. Que todo no sea un consumo de usar y tirar, tratando de analizar con criterio crítico toda esa información, para tener una mirada a largo plazo.

-“La vida fue un ensayo hasta ahora”. ¿Qué le queda por hacer y por aportar?

Muchas cosas. La vigencia en esto de la música es algo muy frágil y no sabemos dónde estaremos mañana. Me queda aprender muchas cosas, hacer muchos viajes. Me queda editar mis mejores discos y escribir mis primeras canciones. Me gustaría pensar que me queda todo por hacer. Me parece un reto apasionante.

 

 

 

 

Entrevista publicada en la delegación de La Costera, La Canal y la Vall d’Albaida del periódico Levante-EMV el 20 de noviembre, con motivo del concierto que el artista realizó en la población valenciana de Ontinyent.

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