Era el mismo sitio de siempre. El mismo bar, el mismo salón que permanecía inmutable desde los años 20, el mismo camarero de sonrisa cansada y la misma mesa en la que se sentaba cada vez que iba.

Era el mismo sitio, pero no era como siempre. Estaba ella enfrente. Después de tanto tiempo, había vuelto desde la otra punta del mundo para volver a saborear el dulce aroma que solo el hogar propio es capaz de exhalar.

Era el mismo sitio y era ella, pero no era la misma chica de siempre. Su mirada fría se perdía entre las sillas vacías, entre la gente que creía ver; que quería ver sentada en ellas, pero que ya nunca podría. Se perdía entre los recuerdos que rompían en su mente como olas en la orilla. Sonaba Sea of love y, de repente, se percató de que la mirada de él se clavaba en la suya. Tenía los ojos más oscuros de lo que recordaba.

-Nunca sé como cogerte. -Dijo él con un hilo de nostalgia en cada palabra.

Ella se levantó y le tendió la mano. -¿Qué tal por la cintura?

Y así el mundo desapareció por un instante y la distancia más abrupta se redujo a unos pocos centímetros.

Era el mismo sitio de siempre, pero totalmente nuevo de repente. Hasta ese momento no se habían dado cuenta de que la vida, en esas fechas, era una fantasía que supura la realidad.

Tan necesaria como nunca.

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