Literatura

Un leve borrón

Benet vislumbró la agradecida sonrisa de su nieto al volver la cabeza. Al pequeño le encantaba que lo balancearan en su parque preferido, el que se encontraba a escasos metros del colegio.

-¿Más alto abuelo! ¡Más alto!, -gritaba un divertido Manuel.

-Tengo miedo de que te caigas, cariño, -espetó el anciano.

“Miedo”. Esa palabra le había asaltado desde que era adolescente. De repente, sin darse cuenta, Benet volvió a verse setenta años atrás, en la Cárcel Modelo de Valencia. Aquella maldita guerra le había encadenado a años de aprisionamiento, pero lo que era peor, le había encerrado en los confines de la desesperación.

Aquella maldita guerra había cercenado todas sus esperanzas. Había hecho saltar por los aires todos los sueños y planes de futuro construidos, y le había privado por siempre de su padre. Manuel no lo sabía, pero llevaba el nombre de su bisabuelo. Era como un desesperado intento por tapar una de las heridas más difíciles de curar. Las del alma.

A su padre Manuel un día, sin más, le dispararon a bocajarro. Benet nunca había entendido por qué una ideología política debía suponerle a alguien la muerte. Había oído hablar de la I Guerra Mundial, del odio y del sinsentido, y de repente, se vio con un fusil al hombro. Él, al que nunca le habían gustado las armas.

“Miedo” es lo que sintió en aquella lejana batalla, donde estuvo a punto de morir. Solo la suerte quiso que de todas las balas que silbaron por el aire aquel día, ninguna acabara perforándole el cráneo. “Miedo” es lo que había le había calado hasta lo más profundo de sus entrañas cuando le obligaron a presenciar aquel pelotón de fusilamiento.

Ese miedo es el que le llevó a casarse con Marina una vez volvió a ver la luz del Sol. Y luego tuvieron a su hija María. Y muchos años después, su hija también se casó y tuvo al pequeño Manuel. Un Manuel que todavía era precoz para entender lo que pasó, pero que sin duda un día se enteraría. Su abuelo pensaba contárselo antes de que lo hicieran los libros de historia, que siempre dejan los detalles más importantes en las notas al margen. Un día, Benet le contaría a su nieto que el odio resquebrajó el país, y que los escombros de aquello todavía siguen sin ser limpiados.

Benet volvió a columpiar a su nieto hacia el cielo mientras se convencía de que un día le explicaría que el odio destruye a familias enteras. Que es muy difícil coser cuando no dejas de pincharte con la aguja. Y se dio cuenta de que el día de mañana, cuando se marchara, aquel relato de odio que le llenó de miedo tan solo sería un lejano recuerdo.

Un leve borrón.

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