Se acercó al borde justo en el momento en que pasaba un tren por debajo del puente a gran velocidad. Estaba a punto de caer la tarde, por lo que imaginó que era uno de esos regionales que tan solo realizaban una parada en su recorrido.

“Que irónico”, se dijo. Siempre había preferido coger el coche antes que tomar el tren para ir a trabajar. No soportaba los bostezos de la gente, ni el ruido del periódico matutino que algunos viajeros hojeaban durante el trayecto, ni las conversaciones distendidas que mantenían las parejas sobre planes de futuro. Siempre había detestado ese medio de transporte, y sin embargo estaba a punto de acabar con su sufrimiento gracias a él.

Las últimas horas habían sido frenéticas. Lo que había pasado todavía estaba retumbando en su conciencia, martirizándolo por dentro. La culpa le carcomía, y sabía que solo podía acabar con ello de una manera.

“O yo, o ellos”, pensó, y esbozó una triste sonrisa que habría congelado hasta a la persona más optimista. Miró su reloj. Ya era la hora. El Sol acababa de esconderse por detrás de la montaña, y su frágil luz se confundía con la de un convoy que avanzaba hacia el lugar donde él se encontraba.

La luz era cada vez de un tamaño mayor y llegó a cegarlo por un momento. Dudó. De repente los pies le pesaban como si se le hubieran adherido cien kilos de plomo, y las piernas empezaron a temblarle. Pero no lo suficiente. “Qué valiente. Qué cobarde”, se dijo justo antes de saltar.

La caída, ya fue mortal.

 


 

El inspector Vallejo se encontraba ante la entrada del domicilio desde el que había recibido aquel extraño aviso hacía ya unas horas. La puerta estaba entreabierta, y en la casa se respiraba cierto aroma ácido.

Se dirigió directamente hasta el comedor. Siempre se había guiado por las corazonadas. Justo antes de presionar el interruptor, su móvil empezó a sonar. Vallejo hizo caso omiso y se percató de que estaba todo revuelto. Se dirigió hasta la mesa, y descubrió un papel sobre ella.

Abrió el trozo de papel, mientras la vibración de su teléfono seguía envolviendo la estancia. Leyó el contenido, y decidió no responder.

La nota contenía una caligrafía nerviosa, pero era muy explícita.

Decía:

Mañana estaré muerto. 

 

 

 

Puedes leer aquí el Capítulo 2.

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