Mañana estaré muerto

“Mañana estaré muerto”. Capítulo 3

Empieza la historia desde aquí.

Lee aquí el  Capítulo 2

 

 

-Puede pasar, señor-, le espetó a Vallejo uno de los bomberos. El inspector accedió al domicilio y pudo comprobar con sus propios ojos aquello que ya se temía: toda la casa había sido reducida a cenizas. La pila de periódicos que había descubierto en el salón se había esfumado, como el resto de enseres personales que podrían haber derramado algo de luz sobre el oscuro devenir de los acontecimientos que se estaban sucediendo esa noche.

En 25 años de servicio, el inspector Vallejo lo había visto todo. Empezó en una pequeña comisaría de policía, dedicando su vida laboral al trasvase de papeles entre la oficina y la mesa de dirección, y poco a poco fue escalando puestos hasta convertirse en inspector jefe. Fue tras una operación compleja. Una redada antidroga que acabó mal. Dos compañeros abatidos y otro grupo especial a merced de un cartel de la droga que pedía vía libre para salir del país rumbo a México. Justo antes de que el comisario Vicente Álvarez autorizara el traslado, aceptando la derrota, Vallejo desobedeció una orden directa y penetró en el edificio junto a su equipo, consiguiendo abatir a los delincuentes y liberar a sus compañeros. Tras esa decisión, solo cabían dos opciones: la expulsión del cuerpo, por desacato, o el reconocimiento. En un momento de euforia nacional, de distinciones y de felicitaciones por parte de las más altas esferas, Álvarez tomó la decisión más consecuente: el ascenso de su pupilo. Desde ese momento, siete años atrás, Vallejo sabía de la reticencia de su jefe hacia su persona.

Esa noche, el inspector se enfrentaba quizás al caso más desconcertante en que se había enfrascado desde aquel lejano día. En ese domicilio había olfateado el agradable aroma de las pruebas y el encaje de piezas de puzzle, pero todo se había esfumado en el momento en que el fuego había consumido el quinto piso de ese edificio.

Vallejo percibió todavía el inconfundible olor a gasolina, y apretó su puño derecho. Sabía que había retrocedido hasta el punto de partida. La vibración de su mano al fundir sus dedos con fuerza, se confundió con la vibración, de nuevo, de su teléfono móvil, que descansaba sobre la chaqueta. Esta vez sí contestó.

-Inspector, debería venir a ver esto-, le dijo el subinspector Herraiz de forma apresurada, antes siquiera de que Vallejo pudiera decir nada.

 


 

El puente San Carlos separaba la ciudad vieja de las casas de nueva edificación en la ciudad, que había crecido exponencialmente desde la revolución industrial. Los de la modernidad incipiente decían que era una puerta al pasado; los de las casas centenarias que era su conducto directo hacia el recuerdo. En cierto modo, era indudable la atracción que despertaba esa construcción. También para aquellas personas que no atravesaban un buen momento, y que se planteaban atajar sus problemas de raíz. Ese era uno de los motivos por los que el de San Carlos había sido rebautizado como “El puente de los suicidios”.

Vallejo llegó a las vías del tren que atravesaban el inferior del puente, y que se encontraban iluminadas por la luz artificial que desprendían unos potentes focos de led colocados de forma estratégica a lo largo de las mismas. No era la primera vez que se interrumpía la actividad ferroviaria debido a este motivo, pero por suerte, esta vez, se había producido a última hora de la tarde, con lo que el impacto lo había provocado el último tren del día.

-Buenas noches, inspector-, acertó a recibir Herraiz a su superior.

-Es una noche de mierda Miguel-, gruño Vallejo a modo de contestación. -¿Se puede saber qué es lo que pasa? Estoy demasiado ocupado para tener que perder mi tiempo con otro puto loco suicida.

-Tiene razón. Ya van 17 este año, pero creo que esto merece la pena verlo-, contestó Herraiz antes de señalarle a Vallejo el camino.

Ambos caminaron un centenar de metros hacia uno de los haces de luz, y el inspector descubrió la macabra escena. Los restos de una persona se encontraban esparcidos por la vía. Las ruedas habían cercenado el cuerpo sin piedad. Vallejo notó como una arcada le subía por la garganta, y se apartó unos metros para vomitar. Esas imágenes siempre le habían causado respeto. Cuando se recompuso, descubrió a Herraiz mirando fijamente al suelo a unos metros de su posición. Al acercarse, descubrió por qué.

Sobre la vía descansaba una mano, pero lo que realmente llamaba la atención, era que carecía de uno de los dedos. El corte era preciso, y la herida había cicatrizado, por lo que no se trataba de una casualidad derivada del accidente.

 

Capítulo 4

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s