Mañana estaré muerto

“Mañana estaré muerto”. Capítulo 4

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Lee aquí el Capítulo 3

 

Gustavo Vallejo vivía de alquiler en una pequeña pensión de la Calle San Ramón. Hacía seis años, diez meses y dieciséis horas que su mujer le había dejado. Las mismas que llevaba sin probar una gota de alcohol.  Vació la última botella de whisky al mismo tiempo en que su mujer daba el último portazo. Un estruendo que seguía martilleando su conciencia. Fue la última vez que Vallejo vio también a su hija, que en el momento de la despedida todavía podía contar su edad con los dedos de una mano. El inspector nunca había vuelto a saber de ella, pero no por desinterés, sino por autocompasión. “Un corazón de piedra no debe cuartearse”, pensaba el inspector. Sabía que su trabajo ponía en peligro, no solo su integridad física, sino también la de sus seres queridos. Quizás era esa ausencia y no el portazo lo que le seguía estremeciendo desde aquel adiós.

Para poder sosegar su alma, Vallejo enviaba cada año una carta al domicilio en el que vivían madre e hija tras separarse de él. Lo había averiguado tras utilizar gran parte de sus recursos en el Cuerpo. En la misiva siempre le enunciaba todo aquello que le había ocurrido en el trabajo. Intentaba no aburrir a su hija con realidades tediosas, y se centraba en aspectos más coloridos: “Tengo una nueva planta en el despacho, ¿sabes? He escogido un cactus, pero a veces me pincho sin querer. Creo que tengo que redistribuirlo”, “Me ha comentado Gorka, el vecino vasco que teníamos abajo, que en nuestro barrio han hecho un nuevo parque. Tiene toboganes de plástico y balancines nuevos. Me ha dicho que los operarios le han comentado que se ha hecho con neumáticos usados. ¿No es increíble?”, “La heladería esa que te gustaba tanto ha cerrado. Pero que no cunda el pánico, ha abierto una nueva tienda en el centro de la ciudad”…

Vallejo nunca obtenía respuesta. No sabía siquiera si su hija llegaba a leer las cartas que él mismo le enviaba. Aún así, él no cesaba en su empeño de escribir cada año. Aunque no hubiera cosas que contar. Aunque le doliese. Era una forma de redimirse de sus pecados del pasado. De que la realidad le pellizcara y le dijera que hubo un tiempo en que fue feliz, y que lo envió todo a la mierda.

Justo antes de penetrar en su cocina en busca de un café reconstituyente después de esa larga noche, el inspector se enfrentó al espejo. A sus 49 años, Gustavo Vallejo se mantenía en forma, pero empezaba a ser golpeado por los derechazos del tiempo. Un rostro adornado esa noche, además, por unas largas ojeras más bien propias de las películas de miedo. Una vez tuvo entre sus manos el humeante tazón de café, se dirigió hasta la ventana de su pequeño hogar. Las vistas le llevaban a un pequeño patio en el que los niños solían jugar partidos de fútbol durante el verano, y se inventaban otros muchos juegos durante el invierno. Solían. Hacía tiempo que el rectángulo que ofrecían los edificios a sus pies no percibía aroma juvenil alguno. En su lugar, el inspector había empezado a acostumbrarse a contemplar una fábrica abandonada que quedaba justo al ala opuesta del bloque de edificios. Ya estaba así cuando llegó. El viejo recepcionista le había comentado en alguna ocasión que alguna vez fue una pequeña empresa familiar que comerciaba con telas. “Al morir el padre, que fue el fundador, ya no volvió a ser lo mismo. Que las telas eran de otro siglo, decían los hijos. Que ahora iban a triunfar las tegnoalogías“.  Vallejo había reparado en varias ocasiones en una balaustrada que habría sido reducida a escombros por el tiempo. En la vida hay dos maneras de que se rompan las cosas. La primera es de golpe, con una voracidad que se lo lleva todo por delante y provoca un cambio drástico sobre lo que uno estaba acostumbrado. La segunda es poco a poco. Esa es la más dolorosa. La forma en que se empieza a resquebrajar todo, de forma lenta, grieta a grieta, y nadie hace nada para evitarlo. Eso había pasado con esa balaustrada. Eso había pasado con su matrimonio.

Absorto en sus memorias, cuando el Sol ya se había hecho el dueño del cielo de Valencia, Vallejo volvió a percibir la vibración de su teléfono móvil en la chaqueta que todavía no se había quitado. “Qué rápido”, pensó el inspector, que había dado órdenes a Herraiz para que le avisara en el momento en que tuviera los resultados de los análisis del cuerpo encontrado en las vías.

-Dime Miguel, ¿lo conocemos?

-Inspector. He recibido una llamada debido a un accidente de tráfico. Le mando la ubicación.

-¿Y qué? ¡Todos los fines de semana muere gente en las carreteras! Subinspector, hemos tenido una noche larga. Céntrese en el caso y no me moleste con estas tonterías.

-Inspector -insistió Herraiz-, puede que cuando vea esto cambie de opinión.

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